El cazador y el espejo

 El viento aullaba como un lamento en el viejo motel de carretera donde Dean y Sam Winchester se habían detenido para descansar. Habían estado cazando demonios y espíritus toda la semana, sin tregua, sin descanso. La caza nunca se detiene, pensaba Dean, pero esta vez algo sentía distinto. Como si algo oscuro estuviera al acecho, más allá de los monstruos y las criaturas del inframundo a los que estaban acostumbrados.

Esa noche, mientras Sam repasaba los antiguos libros de hechizos en su computadora, Dean se tumbó en la cama, mirando al techo, cuando algo en el espejo frente a él le llamó la atención. Era un espejo antiguo, enmarcado en madera oscura, cubierto de polvo. Pero lo que realmente captó su atención fue un reflejo… que no coincidía con la habitación.

Un hombre apareció en el espejo. No uno de los tantos rostros que Dean había encontrado a lo largo de su vida como cazador, sino un ser humano, delgado, con ojos muy oscuros y una sonrisa torcida. No estaba en la habitación, pero lo estaba mirando, directamente a los ojos.



—¿Qué demonios…? —murmuró Dean, levantándose rápidamente.

Sam lo escuchó y levantó la vista de su libro, pero antes de que pudiera decir algo, Dean ya estaba acercándose al espejo. Al principio pensó que era un truco de luz, o alguna clase de hechizo que se había colado sin querer, pero al mirar de cerca, el reflejo de ese hombre parecía… más real.

El hombre en el espejo comenzó a moverse, caminando por lo que parecía una habitación diferente, oscura y sucia. Estaba vestido con ropas de caza, pero no era un cazador como ellos. Sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural, y sus movimientos eran inhumanos, como si estuviera observando algo que no se podía ver.

Sam se levantó y se acercó a Dean, quien estaba paralizado, mirando fijamente el espejo.

—¿Dean? ¿Qué ves?

Dean, sin apartar la vista del reflejo, dijo en voz baja:

—Este tipo… él no está aquí, pero está en algún lugar. Este espejo… no es solo un espejo.

Antes de que Sam pudiera preguntar más, el hombre del espejo levantó su mano hacia la cámara, como si pudiera ver a través del cristal. Sus labios se movieron, pronunciando una palabra sin sonido.

—¡¡Sam, mira!! —gritó Dean, pero cuando Sam miró, ya no había nada. El espejo estaba limpio, vacío.

Sam frunció el ceño, confundido.

—¿Qué diablos fue eso?

Dean no respondió. Estaba demasiado inquieto. Sabía que lo que había visto no era una alucinación ni una magia trivial. Esa sombra… esa presencia. Era algo más.

Esa noche, los hermanos Winchester no pudieron dormir. Algo acechaba desde el otro lado del espejo. Algo que no era un fantasma, ni un demonio, sino algo que había existido antes de ellos, algo tan antiguo como el mismo mal. Decidieron investigar al amanecer, pero la sensación de ser observados no desapareció.

Los días siguientes, cada vez que pasaban cerca del espejo, podían sentirlo: esa presencia. Y en cada reflejo, algo más parecía moverse en el fondo, esperando.

Cuando finalmente destruyeron el espejo, el mal que había estado atrapado en su cristal se liberó. Pero no era el fin. Había algo más, más profundo, que se había despertado.

Y mientras la carretera volvía a ser su única amiga, los hermanos sabían que no todo lo que acecha en las sombras es tan fácil de matar. Porque a veces, el peor monstruo no se encuentra en el mundo físico, sino en los espejos de nuestra propia alma.

Este cuento está inspirado en la serie “Supernatural”, particularmente en los episodios donde lo sobrenatural se mezcla con lo psicológico. Me surgió esta idea al pensar en cómo los espejos, más allá de su función, pueden ser portales hacia lo desconocido.

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