El pez que soñaba con volar

 En un estanque rodeado de juncos, vivía un pez dorado llamado Lumo. Era más pequeño que los otros peces y algo más callado, pero tenía algo que lo hacía distinto: todos los días, al amanecer, salía a la superficie y miraba el cielo con una intensidad que asustaba a los sapos.

—¿Qué haces, Lumo? —le preguntaban los demás peces.

—Veo las nubes. Quiero volar —respondía.

Las risas hacían olas. “¡Un pez volador, qué locura!”, decían. “Nacimos para nadar. Lo otro no es para nosotros.” Pero Lumo no dejaba de soñar. Imaginaba cómo sería elevarse más allá del estanque, flotar entre nubes, tocar el sol.

Una tarde, mientras intentaba dar saltos fuera del agua, una vieja rana lo observó desde una piedra. Se llamaba Orla y era tan arrugada como sabia. Cuando los demás peces se fueron a dormir, ella croó:

—Yo he visto libélulas enseñando a saltar a ranas jóvenes. Quizá puedo ayudarte.

Durante semanas, Lumo y Orla practicaron. Saltos pequeños al principio. Luego más altos. El pez se entrenaba cada día, lanzando su pequeño cuerpo fuera del agua. Al principio caía mal y dolía, pero con el tiempo, logró mantenerse en el aire un poco más. Un parpadeo. Un soplo.

Un día de viento, cuando el cielo estaba rosado y todo el estanque parecía guardar la respiración, Lumo dio un salto que lo llevó tan alto que rozó las alas de una mariposa. Estuvo suspendido lo suficiente para ver el horizonte más allá del estanque. Cayó riendo, chapoteando de alegría.



Los demás peces lo miraban en silencio. Algunos ya no se reían. Una cría se le acercó y le dijo:

—¿Me enseñas a volar?

Y así, cada mañana, Lumo se convirtió en maestro. No voló como los pájaros, no surcó los cielos eternamente, pero volaba en sus saltos. Y eso bastaba.

Años después, cuando Lumo ya no saltaba tan alto, los sapos aún lo recordaban como “el pez que tocó el cielo”. Y aunque nadie volvió a volar como él, en cada generación del estanque nacía un pez que, al ver el cielo, sentía que era más que agua lo que lo sostenía.

Escribí este cuento pensando en esas veces en que uno se siente fuera de lugar por soñar diferente. Lumo representa a quienes no se conforman con lo que se espera de ellos, y aún así encuentran su modo de alcanzar algo bello. Es una historia que me hubiera gustado escuchar cuando era pequeño, para entender que volar no siempre significa tener alas; a veces, basta con querer saltar más alto.

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