El último invierno de Fenrir
En los días finales del Fimbulvetr, el gran invierno que precede al Ragnarök, los vientos aullaban como bestias furiosas y la nieve cubría los caminos, las aldeas y los nombres de los que alguna vez caminaron sobre Midgard. Entre las ruinas de una aldea junto al río Gjöll, donde incluso los árboles parecían haber olvidado cómo florecer, vivía un niño llamado Eirik con su madre. No quedaba nadie más. Los ancianos habían partido hacia el más allá, los guerreros hacia la guerra, y los cobardes hacia el sur.
Eirik no conocía templos ni ejércitos. Solo conocía el silencio, la madera húmeda y el hambre persistente. Pero conocía las historias. Por las noches, su madre hablaba de dioses, gigantes y destinos tejidos por las Nornas, guardianas del hilo del mundo. Le contaba sobre Fenrir, el lobo monstruoso, destinado a devorar el sol y a matar a Odín durante el fin de los tiempos. Pero lo contaba con tristeza, no con miedo. Como si supiera que no todos los monstruos nacen monstruos.
Una noche, mientras Eirik recogía leña cerca del río congelado, el cielo se oscureció aún más. Una sombra gigantesca se deslizó entre las nubes, y luego un estruendo partió el hielo. Temblando, Eirik se acercó y vio lo imposible.
Un lobo. No uno cualquiera, sino el lobo. Fenrir.
Era inmenso, con pelaje ennegrecido por el hollín de antiguas batallas y ojos que ardían como brasas moribundas. Estaba herido. Encadenado, pero solo por fragmentos de lo que alguna vez fue una prisión divina. Sus patas temblaban, y su respiración formaba nubes de escarcha.
Eirik pudo haber huido. Pero no lo hizo.
Con manos pequeñas y corazón palpitante, sacó la piel que llevaba al hombro y cubrió al lobo. Le ofreció pan seco. Le habló.
Y Fenrir, contra todo lo esperado, le respondió. Su voz era profunda, rota por siglos de silencio.
—¿No me temes, niño?
—No. Solo me da pena que estés solo.
Fenrir cerró los ojos. Eirik volvió cada día. Le curó las heridas con ungüentos que su madre había enseñado a preparar. Le habló de sueños, de dibujos en la nieve, de la risa que ya no se oía. Y el lobo, lentamente, comenzó a hablar también. De su encierro. De los dioses que lo temieron desde cachorro. De la rabia de haber sido juzgado antes de haber actuado. No pedía venganza. Solo deseaba ser libre.
Entonces Eirik tuvo una idea. Buscarían juntas a las Nornas, las tejedoras del destino. Si alguien podía darles una nueva historia, eran ellas.
El viaje fue largo. Cruzaron campos de huesos congelados, valles donde los dioses dormían bajo piedra, y puentes rotos por guerras antiguas. Finalmente llegaron al pozo de Urd, donde el tiempo se entrelaza.
Las Nornas, ancianas como el inicio, tejían en silencio. Cuando los vieron, no se sorprendieron.
—¿Vienes a pedir un nuevo destino, lobo?
Fenrir bajó la cabeza.
—Quiero elegir. Solo eso.
Las Nornas se miraron. Una tomó un hilo viejo. Otra lo cortó. La tercera lo ató a uno nuevo, brillante, y formó un lazo.
Eirik no entendió los gestos. Pero sí entendió lo que ocurrió después: el cielo clareó. El hielo comenzó a derretirse. Y por primera vez en mucho tiempo, el sol asomó, tímido pero real.
Desde entonces, se dice que cuando un niño valiente toma una decisión difícil, puede oírse un aullido suave entre las montañas. No es un grito de furia.
Es un canto de libertad.
"Después de leer las Eddas nórdicas y reflexionar sobre el destino trágico de Fenrir, me surgió esta reflexión sobre la posibilidad de elegir otro camino, incluso para aquellos marcados por el mito."



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